¿Quién eres?
Creo que, conforme cumplimos años, se nos hace más difícil saber quiénes somos. A mí me plantearon la pregunta por primera vez con dieciséis años. Recuerdo que estaba cursando primero de bachiller y mi profesora de Filosofía —que, para mí, estaba más cerca de lo divino de lo que podía estar cualquiera en aquel momento— nos planteó la cuestión como un ejercicio de libre respuesta. Yo, evidentemente, redacté un texto al respecto. No recuerdo lo que escribí y me gustaría encontrarlo para saber quién era yo —o quién creía ser— por aquel entonces. Lo que sí recuerdo es que me costó horrores escribirlo. Creo que a todos nos pasaría.
Cuando nos preguntan quiénes somos, normalmente respondemos con lo que somos, lo que tenemos, a qué nos dedicamos, nuestra estructura familiar, el nombre de nuestros padres o el país en el que hemos nacido.
«Soy Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la No Quemada, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Reina de Meereen, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Protectora del Reino, Señora de los Siete Reinos, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones».
Pero la pregunta queda sin responder. Qué somos está claro: biológicamente somos Homo sapiens —aunque alguno y alguna quizá ni eso—. Pero ¿quiénes somos?
Al principio decía que, contrariando la lógica, parece que conforme cumplimos años la respuesta se hace más difusa. Retomo el argumento.
En la adolescencia tenemos muy claro quiénes somos, o eso parece. ¡Tenemos la osadía de tatuarnos! Nada menos. Frases o dibujos que llevaremos toda nuestra vida grabados en la piel, a nuestros ojos y a los del resto. Un cartel enorme reivindicando una respuesta a la gran pregunta: soy esto. Y quizá no lo somos, o quizá lo fuimos, pero lo creíamos con esa firmeza y esa pasión con la que se vive todo a esa edad.
Yo misma me tatué. Ahora miro mis tatuajes y pienso: vaya coño tuve. Quizá envidio esa determinación, esa seguridad. Porque hoy, cada día, me siento una persona distinta.
Y es cierto que no todo el mundo se tatúa en la adolescencia. Pero seguro que vuestros tatuajes más locos os los hicisteis con una edad cercana a los diecialgo o veintialgo. Si no es así, te admiro profundamente.
¿Quién soy?
Seguramente, en ese texto que leí en clase con dieciséis años, mencioné algo relacionado con el sueño que he tenido desde niña: ser escritora. Ahora no tengo tan claro que quiera llegar a serlo. No sé si es porque los sueños se ven de otra manera, con más luz y purpurina, cuando los soñamos de niños. Quizá ahora ser escritora lleva implícitas otras cosas. Quizá nuestra visión se empaña de matices con la edad. Una visión menos focal y más holística.
¿Quién soy? Os invito a hacer el ejercicio conmigo. ¿Qué sería lo primero que diríais para responder a esta pregunta?
Recuerdo un esquema de cuando estudié Psicología en la carrera. Era algo así como la composición de la identidad: el concepto que tengo de mí misma, la valoración que hago de ese autoconcepto y cómo creemos que los demás nos perciben.
Así que, para descubrir quiénes somos, no solo miramos hacia dentro, sino que la mayoría de nosotros también miramos hacia fuera.
Es curioso, ¿verdad? Mirar a los demás para saber quién soy yo. Es que resulta que el citado Homo sapiens es una especie que vive en sociedad, que se nutre y se construye en un entorno social. Pero qué peligroso es esto, ¿no? Porque todos nosotros nos relacionamos con muchísimos sesgos: mi experiencia, mi genética, mi personalidad, mis juicios... Yo misma podría descubrir que tengo cien personalidades distintas si tuviera que fijarme en cómo los demás se relacionan conmigo —quizá las tenga—.
Entonces entra en juego el autoconcepto y la autoestima, que no es otra cosa que la valoración del concepto que tengo de mí misma. ¿Pero no están nuestro propio autoconcepto y nuestra autoestima también sesgados por la experiencia, la personalidad, la genética y los juicios?
Qué locura todo esto. Entonces, ¿quién carajo soy yo? Es muy complicado responder.
Creo que lo que somos es un núcleo más profundo que las capas que estamos rozando en este análisis.
Pienso mucho en esto porque, cuando escribo, cuestiono un millón de veces quiénes son mis personajes. Creo que, para construir uno que merezca la pena, este tiene que estar vivo. Seguro que vosotros, los escritores, me entenderéis. En mi caso —ya lo he comentado en otro texto—, un personaje merece la pena cuando lo siento, lo veo y lo amo.
¿No nos pasa eso también con nosotros mismos? ¿No buscamos, durante toda nuestra vida: sentirnos, vernos y amarnos? Quizá por nosotros mismos, quizá por los demás. Pero creo que el objetivo es similar.
¿Quién eres?
Se lo he preguntado a mi marido y nos ha dado para debatir durante más de una hora. Su respuesta me ha gustado. Dice:
—Depende de quién pregunte.
Es cierto, somos dependiendo de las circunstancias y de quién tengamos delante. ¿No es esto traicionarse a uno mismo? ¿Jugar con caretas? Él no está de acuerdo. Dice que mostrar un lado u otro de uno mismo nos eleva en identidad porque lo único que buscamos es protegernos, proteger lo que verdaderamente somos. Aunque también añade que quizá seamos todas esas caretas a la vez y que la suma de todas nos conforme.
Otra cuestión que me parece interesante es la que comentó a continuación:
—Si le preguntamos a Rafa Nadal quién es, ¿qué crees que respondería?
—Uno de los mejores tenistas del mundo —dije yo.
—Exacto.
Cuando nos preguntan quiénes somos, también respondemos con nuestra mejor habilidad, cualidad o identidad, la que más orgullo nos merece. Rafa Nadal quizá respondería eso, pero no tenemos que ser los mejores del mundo en algo para responder de esa manera. Quizá, si preguntaran a una madre que ama a sus hijos, ella respondería: soy una madre.
Pero hay una clara diferencia entre responder la pregunta a desconocidos, a seres queridos o a uno mismo. Quizá, durante todo el texto, estamos tratando lo que respondemos hacia los demás, hacia los desconocidos. Pero, si te pregunta tu madre o tu pareja, ¿qué responderías?
Mi marido dijo:
—Uno más.
Yo respondí:
—Un desastre.
El ego de ambos bien hinchado como puede comprobarse.
¿Y si nos lo preguntamos desde dentro? Quizá respondería: yo. Porque yo, desde dentro, soy yo y me reconozco. Es parecido a cuando tocamos un telefonillo.
—¿Quién es?
—Yo.
Y la puerta se abre.
Creo que la pregunta, en nuestro interior, acciona el mismo mecanismo. Nadie más que yo me ama de una forma tan mía, ni me odia, ni me exige, ni me pegaría un bofetón al tiempo que me daría un abrazo misericordioso, como dicen los cristianos.
Hablando de misericordia, el otro día escuché el pódcast de un sacerdote que explicaba el significado de esa palabra: «miser», miseria, desdicha; «cordis», corazón. La miseria del corazón.
¿No estaremos amando la miseria de nuestro corazón cuando nos respondemos «yo» a la gran pregunta?
La verdad, si estás leyendo este texto para que te responda o concluya con la verdad, deberías haber parado hace tiempo porque creo que es imposible encontrar una respuesta certera a todo esto y creo que debemos tener humildad, todos nosotros, para aceptar que, igual que esta cuestión, la mayoría se nos escapan.
La verdad es escurridiza y mentirosa. Pero el ser humano se mantiene fiel en su obsesión por encontrarla, nos pasa lo mismo con la felicidad. Y somos tan narcisistas que creemos atraparlas, pero la búsqueda suele terminar atrapándonos a nosotros.



Yo creo que te has respondido tú misma. En ese texto se dan todas las respuestas a esa pregunta. Pero bueno, ya puestos, y como diría el americano de la larga barba, «soy multitudes». Nadie encaja en un solo personaje a no ser que se llame Hitler, y también este tenía sus debilidades: amaba a un perro y era vegetariano, aunque no fuera por no comer judíos. Creo que, por tu profesión, estás en ventaja para responder a esa pregunta, pero a lo mejor la cosa es más simple de lo que pudiera parecer: eso depende de la edad en la que nos encontremos, pero incluso en cada periodo de nuestra vida podemos ser muchos a la vez: si me hubieran preguntado quién soy cuando tenía 14 años, habría dicho que Velazquez; a los 18, el Che Guevara, y ahora la sombra de Ghandi. Ah, nunca me hice ningún tatuaje. ¡Felicítame!
«No hay nada más difícil que conocerse a así mismo» Don Quijote
Buena pregunta, Alba 🙃
Decido pensar que quizá lo importante sea que nos guste quien realmente somos, en cualquiera de nuestras etapas.
Aprender a valorarnos, a querernos, a cuidarnos y a abrazarnos en cada versión de nuestro "soy".